El arquitecto de las melodías infinitas llega a las ocho décadas. De su llegada para cubrir el vacío de Syd Barrett, la consagración mundial, el traumático divorcio con Roger Waters y su presente musical.
Hoy, 6 de marzo de 2026, el mundo del rock celebra las ocho décadas de David Gilmour. El hombre que tomó las riendas de Pink Floyd en su momento más errático para convertirlo en un gigante planetario llega a los 80 años como el último gran guardián de una forma de entender la música: como una experiencia trascendental, espacial y profundamente emocional.
David Jon Gilmour nació en Cambridge en 1946, en un hogar marcado por el intelecto. Hijo de un profesor de zoología de la Universidad de Cambridge y una editora de cine, su destino parecía ligado a las aulas. Sin embargo, el joven David encontró en la radio y en los discos de blues llegados de Estados Unidos una fascinación que cambiaría su vida.
A diferencia de otros guitarristas de su época, Gilmour no buscaba la velocidad frenética. Su educación musical fue autodidacta, aprendiendo a tocar sobre discos de Pete Seeger y Lead Belly. En los años 60, mientras formaba bandas como Joker’s Wild, David ya destacaba por una limpieza técnica inusual.
David Gilmour llega a los 80 años sin haber perdido su brújula moral. En 2022, volvió a usar el nombre de Pink Floyd por una causa de fuerza mayor: grabar “Hey Hey Rise Up” para recaudar fondos para el pueblo de Ucrania. Este gesto no solo demostró su vigencia, sino que reavivó sus diferencias ideológicas con Roger Waters, a quien criticó duramente por sus posturas políticas actuales.
Recientemente, la venta del catálogo de Pink Floyd a Sony por 400 millones de dólares ha permitido a Gilmour desprenderse de la carga administrativa de su pasado. “He pasado 40 años lidiando con discusiones y vetos. Poder venderlo y seguir adelante es un alivio”, confesó.
A sus 80 años, Gilmour es mucho más que un “exmiembro de Pink Floyd”. Es el hombre que enseñó al rock que menos es más, que una nota bien colocada puede decir más que mil palabras y que la belleza es, a menudo, la mejor forma de resistencia. Su legado no está solo en los estantes de discos, sino en cada guitarrista que hoy, en algún lugar del mundo, intenta emular ese sonido infinito.
Fuente: Ámbito

